8:30 de la mañana. Aquí estoy como un jabato y bien cargado de cafeina en el pase exclusivo para la prensa (que se realizan a estas intempestivas horas todos los dias) del debut en el largometraje de Duncan Jones, también conocido muy a su pesar por “el hijo de David Bowie”. Junto con su protagonista, Sam Rockwell (gran trabajo el que realiza) traen bajo el brazo “Moon”, una película con poco presupuesto de ciencia ficción en la que Jones homenajea al género, y en especial a las grandes películas de los 70, con la historia de Sam Bell, un astronauta que junto a la I.A. llamada Gerty, se encuentra al cargo de una base de extracción de Helio-3 en la Luna. Ha permanecido allí solo durante casi tres años y pronto volverá a casa con su familia. Pero todo cambiará cuando a pocos días de regresar tiene un accidente con uno de los vehiculos mineros y es rescatado por otro hombre. Él mismo.
Con la cafeina haciendo su efecto y el buen sabor de boca de “Moon” esperamos a “Paranormal activity”, la esperada y muy decepcionante versión de fantasmas de “El proyecto de la bruja de Blair”. Pero ya me extenderé en breve con una pequeña crónica. De momento olvidémonos de semejante perdida de tiempo y pasamos a la sorpresa y joya del día, “Heartless”, un film de horror que vinieron a presentar su director Philip Ridley, y el actor principal, Jim Sturgess. Es la historia de Jamie, un fotógrafo acomplejado por unas marcas de nacimiento que cubren su rostro y cuerpo cuya paranoia se funde con un violento y terrible Londres urbano que le llevará a enfrentarse a demonios. Para mi una de las películas más redondas y peerfectas del festival. Que le den a Jim sturgess un BAFTA, un Oscar o lo que sea ya!! Muy grande.
Cuanto más alto llegas, más dura es la caida. Nos vamos a nuestra últma película del día.
“Valhalla rising”, un nombre que puede evocar a vikingos enormes dando hostias como panes y regando los campos de sangre lanzando hachazos a cascoporro. Pues no. Son 90 minutos de algo que para el director puede ser arte pero para el público se torna en una insufrible cantidad de minutos puestos uno trás otro de música, secuencias interminables, diálogos casi inexistentes y salpicones de violencia (eso sí, muy bestia). Una obra quizá demasiado personal que duerme y confunde a casi cualquiera que no su creador. El resultado fue, tras veinte minutos de perplejidad, abandonos de sala y una cantidad exagerada de bostezos, suspiros y miradas al reloj. Insufrible.
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