Manzanas Blancas y Sopa de cristales
Isabelle Neukor acaba de volver del mundo de los muertos a donde ha ido a buscar a Vincent Ettrich, el padre de su futuro hijo. Este reino de los muertos se construye a partir de los sueños (y pesadillas) de los vivos. Por ejemplo, en el mundo de Simon los pulpos conducen autobuses, su Dios es un oso polar (en realidad un peluche de un oso polar que tuvo de pequeño), y una autopista atestada de vehículos conduce literalmente al Infierno (representando así una de sus canciones favoritas, “Highway to Hell“).
Lo curioso es que la persona que le ha dicho que vaya hasta allí y lo rescate es Anjo, el hijo que lleva en su interior y que se comunica con ella. El problema es que al haber hecho esto, ha cabreado a El Caos, por lo que ahora, Isabelle, Vincent y sobre todo el futuro bebé son el objetivo de estos, que intentarán acabar con ellos para que no pueda llegar a restaurarse el inestable mosaico de la realidad, que en teoría podrá arreglar Anjo.
Gracias al señor Yagharek y su post sobre El mar de madera, conocí a un autor extraño llamado Jonathan Carroll. Ahora, después de haber leído 3 de sus novelas puedo decir que se ha convertido en uno de mis autores favoritos. Esa mezcla de subrrealismo y de fantasía que le da a todas sus historias me gusta un montón, y hace que devore sus libros.
Podría haber escrito de estos libros por separado, pero he preferido hacerlo así porque Sopa de cristales es la continuación de Manzanas blancas, pese a que ambos pueden leerse de forma independiente. De todas formas recomiendo leerlos en orden para que podamos meternos bien en la historia de Vincent e Isabelle, que al fin y al cabo es una historia de amor, pero que vista desde el punto de mira de Carroll se convierte en una sucesión de escenas geniales, con perros que hablan, muertos que se pasean por las calles, y un montón de cosas más, de esas que podemos encontrar en sus libros.
Sin duda una lectura muy recomendada.
3 Comentarios en “Manzanas Blancas y Sopa de cristales”
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Tiene pinta de molar mil, excepto que el hijo se llame Anjo.
Tiene pinta de molar mil, excepto que el hijo se llame Anjo.
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